La Doctrina del Shock: Naomi Klein
La Doctrina del Shock analiza cómo los gobiernos y las élites económicas han sabido explotar momentos de crisis —ya sean sociales, económicas, políticas o naturales— para instaurar políticas neoliberales extremas que, en condiciones normales, encontrarían un fuerte rechazo. Estas situaciones de desestabilización funcionan como terreno fértil para imponer reformas como la privatización masiva de servicios públicos, la eliminación de subsidios sociales y la apertura total de los mercados. En medio del caos, el miedo y la incertidumbre, las sociedades quedan aturdidas y vulnerables, lo que facilita la aceptación forzada de estos cambios.
El texto plantea que estas intervenciones no solo obedecen a una lógica económica, sino también a una profunda manipulación psicológica. Se utilizan las emociones humanas —el miedo, la desesperación y la confusión— como herramientas estratégicas para imponer transformaciones estructurales que favorecen a una minoría poderosa. En este sentido, el shock no es una consecuencia colateral de las crisis, sino un instrumento deliberado para destruir el orden anterior e instaurar uno nuevo, moldeado por los intereses del capital.
Un caso paradigmático es el de Chile tras el golpe de Estado de 1973, cuando los discípulos del economista Milton Friedman —conocidos como los “Chicago Boys”— convirtieron al país en un experimento neoliberal. Las políticas de libre mercado fueron implementadas en paralelo a un régimen de represión brutal, utilizando la tortura y el terror como mecanismos de control social. Así como la tortura busca quebrar al individuo para reconstruirlo bajo nuevos parámetros, el shock económico pretende desmantelar el tejido social para imponer un nuevo modelo económico. Es un proceso de borrado colectivo: destruir para reprogramar.
Este paralelismo entre las técnicas de tortura y las políticas económicas no es accidental. Ambas operan con el objetivo de desorientar, desestructurar y luego reconfigurar. La identidad del sujeto o de la sociedad es reducida a una “tabla rasa”, desde donde puede escribirse una nueva narrativa que legitime el poder de quienes controlan los recursos. El shock colectivo, producido por eventos como guerras, dictaduras o desastres naturales, genera un estado generalizado de parálisis, donde el sentido común se tambalea y se vuelve más fácil introducir reformas impopulares.
La confusión masiva, lejos de ser una consecuencia inevitable, se convierte en una condición propiciada de forma intencional. En esos momentos de vulnerabilidad emocional y política, las élites aprovechan para avanzar sin oposición. Mientras la población intenta recuperar el aliento, los proyectos neoliberales se consolidan: se privatizan servicios básicos, se recortan derechos laborales y se debilitan los mecanismos de participación democrática. El resultado es una mayor concentración del poder, un deterioro de los derechos sociales y un retroceso en la justicia social.
Sudáfrica es otro ejemplo clave. A pesar de la victoria política contra el apartheid, el proceso de transición estuvo acompañado por una fuerte liberalización económica que benefició a las élites nacionales e internacionales. Aunque se alcanzó una democracia formal, la mayoría de la población negra siguió viviendo en condiciones de pobreza y exclusión. Esto demuestra que el logro político no siempre se traduce en transformación económica: la igualdad ante la ley no garantiza la justicia social.
En Irak, la invasión de 2003 fue presentada como una misión de liberación, pero en la práctica funcionó como una operación para rediseñar la economía del país en beneficio de las grandes corporaciones occidentales. El colapso institucional y el trauma colectivo facilitaron la privatización de sectores clave como el petróleo, así como la desregulación de la economía. A esto se suma lo que se ha denominado blowback ideológico: el resentimiento y el sufrimiento generados por estas políticas provocan reacciones violentas que alimentan nuevos ciclos de conflicto, tanto en el país intervenido como a nivel global.
Este patrón se inscribe en un fenómeno más amplio: la consolidación del "Estado corporativo". En este modelo, las grandes empresas no solo tienen influencia económica, sino que se convierten en actores con poder real sobre la legislación, las políticas sociales y las decisiones de Estado. La salud, la educación y el medio ambiente dejan de estar orientados al bienestar común y pasan a ser campos de negocio. Así, los gobiernos pierden soberanía frente al capital transnacional, y las democracias se vacían de contenido.
Finalmente, la Doctrina del Shock nos muestra que el neoliberalismo no se ha instalado mediante el diálogo ni el consenso democrático, sino a través de la instrumentalización del trauma. Las crisis no son solo momentos de peligro, sino también oportunidades estratégicas para imponer un nuevo orden que perpetúe la desigualdad. Esta lógica convierte las tragedias colectivas en negocios para unos pocos, y evidencia cómo el dolor ha sido sistemáticamente usado como catalizador para profundizar las relaciones de poder y dependencia a nivel global.
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